Jueves, 26 Junio 2014 00:00

Paz a punta de hierro

 
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Rebotó contra la reja,  cayó boca abajo y tumbado en el suelo colocó sus manos en la cabeza. Los hombres lo golpearon con la cacha del arma, lo patearon y dispararon más de 12 veces mientras le gritaban: “Te vamos a matar”.

José Luis Morocoima pensó que estaba muerto. Sólo un tiro le rozó la nalga, pero aquella golpiza del 19 de mayo de 2011, lo dejó sordo y paranoico. Durante los seis meses siguientes el secretario general de uno de los tres sindicatos de Bauxilum, la única refinadora de alúmina en el país, no pudo pararse en el portón.

La primera protesta del año 2011 comenzó a golpes, como nunca antes en las casi cuatro décadas de historia de esa fábrica. Morocoima y los trabajadores se habían mantenido distantes de las manifestaciones en las empresas contiguas por contratos vencidos y viejas deudas, pese a que compartían las mismas quejas.

Pero aquel miércoles, los trabajadores de Bauxilum  decidieron sumarse a la protesta. Comenzaron cerrando los portones y limitando el paso de los vehículos a las siete de la mañana. Morocoima se percató de que quedaba una reja libre y se dispuso a trancarla, justo al lado de la enmalezada cancha de atletismo donde se ejercitaban los trabajadores en los tiempos de records productivos. No pasaron más de 10 minutos cuando treinta hombres, una decena de ellos con pistolas, se bajaron de una buseta apuntando a todos. Preguntaban por el dirigente, por el secretario general.

“Si no lo mato hoy, lo mato mañana”, le dijo uno de los pistoleros a un trabajador. Pasaron por la sede del sindicato, camino a la cancha, y con las armas golpearon los vidrios mientras buscaban a Morocoima. La secretaria lloró de los nervios. Los armados, a la cabeza de Andrés Escalona - mandamás del sindicato de la construcción Muralla Roja - se toparon con él cuando intentaba colocar un candado.

-Abre esa puerta, chico.

-Esta es una decisión de los trabajadores  -respondió Morocoima mientras forcejeaba, segundos antes de la paliza que lo dejó sordo.

Aquellos días de mayo fueron particularmente conflictivos. Alcasa, la primera reductora de aluminio en Venezuela, mantenía sus puertas cerradas desde hacía un mes debido a una decisión del sindicato en reclamo de pasivos laborales. La protesta se extendió hasta Venalum, la otra reductora, y a los días se incorporaron los trabajadores de Carbonorca, la fábrica de ánodos de carbón que se utilizan en la industria del aluminio.

De manera que los únicos que faltaban por sumarse, eran los trabajadores de Bauxilum. Con su incursión y la golpiza a Morocoima, comenzó una cadena de sucesos que revelaron un método de coerción que, hasta entonces,  sólo era parte de los portones de obras en construcción donde dirigentes armados negocian empleos.

Esa violencia, sucesora de los antiguos cabilleros,  se mantuvo lejana del mundo industrial hasta 2007, cuando  traspasó los portones y se instaló dentro de las empresas básicas ocupando espacios donde, otrora,  la vanguardia sindical discutía ideas y moldeaba a dirigentes de talla presidencial.

Para el 21 de mayo 2011 los trabajadores continuaban la protesta en la refinadora de alúmina. Tres días después Morocoima seguía hospitalizado y clandestino, mas un grupo del sindicato decidió mantener la manifestación pese a las amenazas.

El sábado la fuerza del conflicto había decaído por la ausencia de la mitad de los trabajadores.  Exigían que el presidente de la fábrica, José China, se reuniera con ellos para llegar a un acuerdo sobre las deudas.

Con el tiroteo en el portón se hizo un escándalo y la noticia del atentado al dirigente Matancero tomó espacio en los medios de comunicación. Desde los presidentes de las empresas básicas hasta los líderes del Partido Socialista Unido de Venezuela, se pronunciaron. El diputado del Psuv y ahora presidente de Alcasa, Ángel Marcano, explicó aquél episodio como una “confrontación intersindical ajena a la situación de la empresa”. De viernes para sábado convocó a una marcha hasta Bauxilum en defensa del modelo socialista. Aquello fue una provocación.

II

Eran las 5:00 de la mañana del sábado y en los alrededores de Alcasa ya había decenas de trabajadores. Algunos vestían el uniforme de Bauxilum y otros usaban franelas rojas, pancartas del mismo color y banderines alusivos al método de organización, paralelo a los sindicatos y fundado por el presidente Hugo Chávez, bautizado Control Obrero.  

El presidente de Bauxilum, José China, bajó por la avenida Fuerzas Armadas con la cara larga, junto a diputados del partido y la vicepresidenta del Psuv, Yelitze Santaella, entre otras figuras. En la primera fila se colocaron las mujeres y, detrás, gente de la Muralla Roja.

Un puente, que permite el cruce del tren de una empresa a otra, les daba sombra a los trabajadores que protestaban pendiente abajo, al final de la avenida.

-¡Contrato!, ¡Contrato! -coreaban no más de 30 empleados de la fábrica, que desde 2009 no discuten convención colectiva.

En cámara lenta los obreros veían como la multitud caminaba hacia ellos,  con su gerente al frente. Todo pasó muy rápido. La primera fila adelantó y atravesó el grupo con el presidente cubierto, la segunda fila lanzó el primer golpe y en un tris se desató una trifulca en el que sólo unos hombres se detuvieron, mientras los del Psuv avanzaban.

Caídos en el suelo, arrastrados por el choque, unos cinco protestantes recibieron patadas y puños de  hombres sin uniformes de la empresa; los otros corrieron. Ocho trabajadores fueron heridos, sólo uno de ellos de gravedad: hubo que reconstruirle la mandíbula.  

El grupo de gerentes y cercanos al presidente de la fábrica no se detuvo hasta llegar al portón principal. Con un alicate gigante, la vicepresidenta del partido rompió uno de los candados. La  escena quedó inmortalizada en una foto que circuló en portales web del chavismo como una victoria de la revolución. Se dijo que el control obrero había recuperado la empresa de manera pacífica.

Los trabajadores fueron golpeados por los hombres con carnet de la Muralla Roja,  los que dispararon contra Morocoima y los que desde hace un año han debilitado la habilidad de un dirigente para congregar a sus agremiados.

III

Andrés es uno de esos hombres temidos y venerados. Para los trabajadores  de las empresas básicas representa una amenaza, pero en el ámbito del desempleo es un líder por su habilidad para conseguir plazas de trabajo, aunque esto signifique pagar cuotas, vender los enseres, dar una cuota mensual en efectivo o cumplir con algún favor político.

Desde hace cinco años cada empresa tiene “garantes de paz”. Estos hombres llegan en camionetas de lujo, a pasar revista diariamente a algún portón de alguna obra en construcción.                                                                                                                                                                                                    

Pero desde algún tiempo esa actividad ha quedado para la dirigencia rasa. Los más poderosos tienen redes de tráfico de armas, drogas, y están en las nóminas de las empresas básicas sin trabajar por “órdenes de arriba”. Tienen, además, empresas que contratan con la industria estatal, pensada en la década de 1970 para ser la alternativa no petrolera del país.

Funcionan como un paraestado. Tienen entrada directa a las áreas industriales, no responden a los organismos de seguridad patrimonial, se cuidan de no aparecer públicamente ni ser nombrados en medios de comunicación e intimidan a sus adversarios, un rol que en el pasado desempeñó la Guardia Nacional en la zona del hierro. Entregar un panfleto en Sidor o promover una protesta en un área industrial requiere ahora de una doble estrategia, contra el patrón y los “garantes de paz”. Algunas de esas actividades han pasado a la clandestinidad.

El día que el dirigente sidorista Raúl Romero (nombre protegido) denunció el arrebato de beneficios por parte de la empresa en la tribuna del portón III, dos hombres en moto lo siguieron hasta su casa.

-Estás pendiente, le dijeron.

En Sidor y en el resto de la industria esa realidad se esconde tras un par de hombres, innombrables en la zona, gánsteres de Guayana que operan bajo la sombra del Estado.

Hasta 2007 era frecuente que un grupo contrario, cobrando alguna factura, soltara una ráfaga de tiros a un tumulto de muchachos que cumplían de madrugada el ritual de hacer portón en una obra en construcción. Ahora esos cesantes,  se sientan debajo de algunos pocos árboles, manchados de rojo -por la bauxita– y respirando gases contaminantes como el del alquitrán, confiados en que una de estas mañanas les tocará su turno en una empresa básica, a la que el Gobierno ha prometido ampliación o reacomodo con capital chino.

Esas inversiones son conocidas por los líderes y por eso no descuidan el portón. Andrés es el rey en el patio trasero de Bauxilum. Con una chaqueta de cuero marrón se cubre la barriga. Tiene las manos grandes, tersas y siempre anda impecable: zapatos pulidos, pantalones de vestir y lentes de pasta negros.

Él controla la cláusula de contratación del convenio colectivo de los activos, una potestad que le arrebató al sindicato. Uno de esos tantos días en los que la Muralla Roja llegó con su gente, dispersando a los trabajadores que escuchaban alguna asamblea del sindicato en los portones principales, le comentaron:

-Dicen que usted anda buscando a Morocoima para matarlo

-¿Yo? Yo todo lo hago limpio. Con ese señor no quiero nada.

El día que sus hombres les dispararon al secretario general, su hijo y un sobrino cayeron presos. Todos los trabajadores les acusaron y los muchachos se escondieron en una pequeña fábrica privada, cerca de Bauxilum. La policía los encontró,  pero sólo estuvieron retenidos por unas horas. Los reseñaron y quedaron libres el mismo día con una sanción de presentación cada 15 días en los tribunales de Puerto Ordaz.

Andrés estaba indignado. Por su cuenta llamó al programa de radio más popular de la mañana, donde dirigentes sindicales y trabajadores acostumbran a ventilar sus inconformidades y allí consiguió un espacio para defenderse. Dijo que sus hijos no estaban armados, que eran unos hombres pacíficos y que Morocoima era un mentiroso. Habló de la entrega de juguetes en las comunidades, del apoyo de la Muralla Roja a los discapacitados y hasta de su grupo de música: Escalona Jr. y su banda, conocido en internet por una broma que le jugaron en el programa de Venevisión, Qué locura.  

Ese día acompañó al presidente de Bauxilum y a los líderes regionales del partido en una rueda de prensa a la que asistieron diputados, presidentes de empresas y dirigentes del brazo sindical del gobernador Francisco Rangel Gómez.

IV

Como Escalona,  Hugo Bastardo solía ser respetado en los predios del portón IV de Sidor, donde adquirió fama de la mano del ex ministro de minería y empresas básicas, Rodolfo Sanz, quien en 2007 propició su entrada a la acería dotándoles de privilegios y haciéndoles parte de su círculo cerrado.

Hugo quizá no llega a los 35 años. Es moreno, de manos largas y labios gruesos. Cada palabra que pronuncia la acentúa con su mirada y sus ojos grandes se agigantan en su cara alargada cuando habla convencido de la justicia que merecen los ocho mil contratados conocidos en la acería como tercerizados.

Trajeado de camisa y pantalón de jean parece trabajador,  pero pocas veces ha apretado una tuerca en la Siderúrgica del Orinoco. Es conocido por los siderúrgicos como el pran de Sidor, pero entre los tercerizados es un líder gracias al cual seis mil trabajadores, entre contratados y desempleados, consiguieron ser sidoristas,  amparados por lo que fue considerado el mejor contrato colectivo de la zona entre 2008 y 2010.

Personas que en su vida había pisado la siderúrgica lograron colarse entre los trabajadores de la mano de la corrupción, pagando hasta 20 millones de bolívares por un cargo en la estatal. Así logró entrar un grupo de desempleados que hacían portón en Tocoma, la central hidroeléctrica Manuel Piar que –en los últimos 10 años – ha empleado a más de 10 mil trabajadores y hecho poderoso al Sindicato Único de la Construcción del Estado Bolívar.

Con la migración de los cesantes a Sidor también llegaron las bandas por el control de empleo que vieron en la acería la oportunidad para satisfacer demandas que, en las empresas básicas, resultaban más lucrativas por la oportunidad de ofrecer trabajo decente y beneficios de innovadores contratos colectivos.

No era una fama gratuita. El renombre del proyecto Guayana, en sus inicios prometedor y cuna de la mejor mano de obra del país, perdió en el tiempo su planificación y creó en la ciudad un cordón de pobreza que, junto al abandono de los planes de desarrollo en el gobierno del presidente Hugo Chávez,  limitó la generación de empleos decentes e hicieron de las fábricas el objetivo perfecto de quienes anhelaban un futuro mejor.

En paralelo a la precariedad del empleo, la desinversión y la corrupción aceleraron la pérdida de brillo de las empresas básicas. En una década las nóminas se duplicaron con cada presidente que hizo de esas estatales su propia hacienda. Pronto, la fuerza laboral – en pleno auge del socialismo chavista – fue perdiendo sus codiciados beneficios.

La merma de las reivindicaciones trajo consigo la conflictividad. De acuerdo a las estadísticas del Observatorio Venezolano de Conflictividad Social, el estado Bolívar es protagonista del mayor número de protestas laborales del país. Así, acompañado de la impunidad y el poder estatal, proliferaron los grupos armados que, aliados del poder estatal, se han convertido en un paraestado dentro de la zona industrial de Matanzas, garantes de la paz laboral en el terreno donde, en el pasado, se gestaron luchas sindicales de referencia para el país.  

Parte de esos líderes armados los conoce Ildemaro Vallés, un veterano dirigente de la construcción. Los conoce, dice, porque en sus tiempos de liderazgo despidió a varios de ellos de Caruachi, otra de las represas del bajo Caroní, por tráfico de drogas. Vallés ahora la paz mientras profesa de la autonomía sindical, la no violencia y la necesidad de una depuración del movimiento sindical.

-¿Quiénes son esos garantes de paz?

-Son cómplices del Gobierno para meterle miedo a los trabajadores, como aquel que anda en Sidor para amedrentar. Fue lo mismo que hizo el Gobierno cuando plomearon a Acarigua (ex presidente de Sutiss), son los mismos que plomearon a Meléndez (José Meléndez, secretario de organización de Sutiss) y son los mismos que utilizaron a malandros contra malandros cuando mataron al muchacho que le manejaba a Hugo Bastardo, su compadre. Son todos esos.

V

La migración de la violencia a los portones de las empresas básicas comenzó su escalada en 2009.  Entre 2002 y 2007 el estado Bolívar concentró el 42,27% de los atentados a dirigentes sindicales ocurridos en Venezuela. Según la Vicaría de Derechos Humanos de Caracas, de ese porcentaje más de la mitad murió por sicariato.

Fue a partir de ese año, luego del golpe de Estado contra el presidente Chávez, cuando la industria de la construcción registró un decrecimiento de 48,5%, según cifras del Banco Central de Venezuela, lo que a su vez repercutió de manera negativa en las tasas de desempleo. Guayana no escapó de esa realidad.  Las grandes obras, distintas a la construcción de la Central Hidroeléctrica Manuel Piar, se paralizaron y el negocio de la venta de plazas de trabajo, como los empleos, escaseó.

Como solución a la violencia por el control de los portones, cuatro de los más grandes sindicatos de la construcción se dividieron la ciudad y así acordaron repartirse los desarrollos urbanos con una paz forzada que no ha detenido el sicariato en la industria.

La crisis de las empresas básicas, a diferencia de la construcción, centró la atención del Ejecutivo. A cuenta gotas, el gobierno mandó recursos a las empresas del aluminio generando expectativas entre el cúmulo de desempleados. Todas esas tensiones, caldo de cultivo para la violencia, se mudaron a Matanzas, un vecindariode industrias asediado por el tránsito las 24 horas y coloreado por tonos fluorescentes provenientes de chimeneas de algún fabricante de materia prima instaladas al oeste del cielo guayanés. 

Dos avenidas amplias, repletas de huecos, cuadriculan el sector. Gandolas cargadas de calderos gigantes repletos de aluminio líquido, chatarra y bolitas de mineral transitan el lugar con igual frecuencia que los vehículos livianos. Difícil es tropezarse con una moneda, fácil con una pieza  de hierro horneada. Los trabajadores se reúnen en las areperas de las periferias, donde el aroma de un guiso se entremezcla con el monóxido, alquitrán, soda caústica o cualquier otro olor extravagante cocinado en alguna fábrica. Se comenta desde del embargo solicitado por una esposa celosa, de los cuernos de un gerente,  hasta del tráfico de chatarra. En esos días, la paliza a Morocoima y el merodeo de los garantes de paz era la comidilla no sólo por lo que había ocurrido, sino por los hechos similares que sucedieron después.

                                                          VI

Después de la golpiza, Morocoima durmió en casas distintas durante un mes. Su esposa y él temían una arremetida de grupos que frecuentaban el sitio de trabajo y su residencia, cerca de la fábrica.

El 3 de junio regresó a la empresa y se reencontró con los trabajadores que no veía desde aquel 18 de mayo. Mientras hablaba, una camioneta con un chofer le esperaba encendida en el estacionamiento. En el techo del edificio contiguo, dos pares de hombres observaban la asamblea.

Entre lágrimas y con el aplauso de sus compañeros, el dirigente invitó a dejar aquel episodio atrás.  

-Hay que pasar la página, porque esa página está escrita con odio y gritos luctuosos de muerte y de violencia. Creo que nosotros tenemos la sabiduría suficiente para escribir las páginas que debemos escribir, nosotros, como gente demócrata y de paz.

Tres meses después fue operado del oído derecho para reestablecerle el 70 por ciento de la audición que perdió en mayo. Hoy escucha con dificultad. La timpanoplastía duró dos horas pero su ausencia, unos meses más.

La escena de Bauxilum se repitió casi con el mismo esquema en Alcasa, Venalum y Carbonorca durante las semanas siguientes. Hombres armados o conocidos en los barrios como líderes de alguna banda llegaban a los portones como intermediarios, en nombre del gobierno, en busca de la paz o extorsionando.

En algunos casos, como en Venalum, abrieron los portones a la fuerza. En otros espacios no prosperaron, pero en Alcasa, hasta el presidente de aquel entonces, Elio Sayago, salió golpeado en una de las protestas.

Los episodios de aquel año culminaron trágicamente el 9 de junio de 2011 cuando en una asamblea de trabajadores, en el portón de Ferrominera Orinoco, se produjo una trifulca en la que murió por herida de bala Renny Rojas, un dirigente juvenil del Partido Socialista Unido de Venezuela y otros dos resultaron heridos.

Algunos de los líderes fueron asesinados en el último semestre, otros siguen viajando en jets a reuniones con el partido de gobierno esperando que una bala también termine con ellos.

Las secuelas de la violencia se percibían aún en los portones. Para el mes de mayo de 2012 los trabajadores volvían a las asambleas por los mismos reclamos. Volteaban a todos lados, sudorosos, mientras se quejaban del patrono. Un sindicalista vocifera con un megáfono:

-Nos tienen que dar respuesta porque estas empresas son de nosotros, de la clase trabajadora.  El comandante pide eficiencia y aquí hay un saboteo  por parte de una gerencia quintacolumna.

Dos decenas de trabajadores le escuchan de pie, mientras que otro cuida la zona. Los altavoces suben y también los gritos. “Estamos cansados del terrorismo”, dice una señora nerviosa.

Están en la puerta principal de CVG Bauxilum, su empresa, y no dejan de mirar a todos lados.

-¡Aquí está la prensa, aquí está la prensa!” -grita inquieto un dirigente.

Agazapado comienza a contar sobre deudas. Clínicas, farmacias, transporte, ahorros y prestaciones pendientes. Acusan a  gerentes sin terminar las frases. Todos corren y tras un silencio dice: “Nos tenemos que ir, viene la construcción”.

Crónica publicada en Desvelos y Devociones 2013.

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