El significado de la AN del 2015 no ha variado para mí, ni siquiera cuando fue despojada de su poder por los sucesivos golpes de Estado de la que fuera objeto por parte del régimen

Si algo he tenido en cuenta en todos estos años de elecciones, unas más golpeadas que otras, es la de fijar eso eventos en la memoria. Debería el ciudadano anotar dos o tres promesas electorales de esos candidatos que ha decidido apoyar y luego pegarlas en toda la entrada de su casa. Sería una nota de “para que no me olvides”, como dice una canción.

Lo digo porque mi solidaridad y lealtad con la Asamblea Nacional estriba en cómo recogí su triunfo electoral desde la campaña: las circunstancias, mis pensamientos, miedos y el conjunto de todas sus imágenes aún permanecen vívidas en mi memoria. El significado de la AN del 2015 no ha variado para mí, ni siquiera cuando fue despojada de su poder por los sucesivos golpes de Estado de la que fuera objeto por parte del régimen.

En esos comicios parlamentarios del 2015, ya el ciudadano sabía que el ventajismo del régimen era inevitable. Había entendido la clase política opositora, después de su nefasto llamado a abstención del 2005, que no se podía dejar de participar sólo porque el CNE se prestara para manipulaciones a favor del gobierno y no cumpliera a cabalidad con sus funciones de árbitro. Entendió también una buena parte de la población, que su poder de voto tenía y tiene mucho valor, y que no se lo podía dejar quitar. Tanto es así, que el electorado del 2015 protegió su voluntad de participar y cuidar el proceso. Por ejemplo, en el centro donde me tocó sufragar, hubo una mesa que sospechosamente tenía problemas de instalación o transmisión, y donde además no se facilitó una votación manual tampoco. Los votantes debieron esperar hasta muy tarde y, automáticamente, muchos decidimos apoyarlos para que resistieran. Ese triunfo de la AN lo trabajamos.

Y el electorado se mantuvo fiel a su propio juicio y se impuso a pesar del ventajismo oficial. Mucha gente puede recordar la campaña avasalladora y escandalosamente costosa de los candidatos del régimen. En Puerto Ordaz era difícil competir con los afiches y posters de los oficialistas, tanto en número como en tamaño. A los carteles de Freddy Varela o José Prat por la vía de Toro Muerto, usó el gobierno local sus camiones para cómodamente colocar los afiches rojos y grandes por encima de los modestos carteles opositores. Pero eso no fue nada en comparación con lo ocurrido en el eje Barcelona-Puerto La Cruz-Lechería-Guanta, en el estado Anzoátegui.

Pocos después del 8 de diciembre, día del triunfo de la asamblea, debí viajar hacia Barcelona y pasar desde la entrada de Barcelona hasta Guanta. La visión a lo largo de la vía me dejó sin aliento, ante un espacio de 360 grados, totalmente forrado de la publicidad de los candidatos oficialistas a la asamblea. No se veían las ventanas de los pequeños edificios, ni siquiera las puertas. Entre postes, árboles, cables, vallas, muros, paredes, era difícil distinguir la calle, la plaza, y hasta las estatuas horribles de algunos espacios públicos. La visión estaba podrida de nombres y caras en fondo rojo o con los corazoncitos cursis del oficialismo. Y por supuesto, ah, por supuesto, también era difícil identificar una sola valla o poster de un candidato de oposición. Sin embargo recuerdo un cartel opositor por la avenida municipal, casi llegando a los bomberos, y sólo puedo referir ese detalle porque decidí grabarlo en mi memoria.

Cuando llegué a Guanta no paré de relatar sobre todo ese espectáculo sobresaturado del largo trayecto desde Barcelona hasta el puerto de Guanta. Obviamente, ya conocido el triunfo de la oposición, yo no dejaba de preguntarle a la gente sobre cómo se habían sobrepuesto ante el costoso y brutal abuso de propaganda. Alguien me llegó a decir “¡y eso que han estado quitando ya la propaganda!”. A lo que respondí alarmada: “¡¿Y había más?!!!”.

Esa fue una experiencia de oro para la oposición democrática; como para tallarla en piedra y que el electorado se reconozca en ella. Además de la oposición haber superado el ventajismo del régimen y haber ganado una elección parlamentaria, la proeza notoria es haberlo hecho con una mayoría calificada. La comunidad internacional sabe lo cuesta arriba que es coronar con un apoyo parlamentario de ese calibre, como efectivamente ocurrió con la Asamblea Nacional del 2015.

Desde esos comicios ya estaba claro que la nación no estaba polarizada tampoco. Nada como un día después de otro. Por eso, después de las humillaciones y del incendio, la Asamblea Nacional está viva, como siempre estuvieron sus raíces.

Y como escribió Asdrúbal Aguiar en este diario, el presidente interino Juan Guaidó es el guardián de la Constitución. Creo que no hay título más excelso en este momento.

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