Lo de “guerrillero heroico” es el caviar de esta suerte de títulos nobiliarios que cualquiera de esos vagos, extorsionistas y depredadores quisieran para sí. Pero ya saben, es un privilegio del que solo goza el argentino que fusiló cubanos, a quienes la elite comunista llamó gusanos.

Los tiranos de este patio trasero del castrocomunismo se adornan con virtudes como si estas fueran simples abalorios. Quieren ingresar directamente al procerato socialista, blandiendo como bandera su ideología y su pasantía por el poder como únicos argumentos. Poco importa que el fracaso haya sido estruendoso, que hayan asesinado adversarios, que el pueblo que los catapultó al poder siga huyendo de los desgraciados países que han gobernado, que la pobreza masiva sea exhibida como un logro, mientras ellos viven a cuerpo de rey en medio de la más grosera y grotesca corrupción.

Lo de guerrillero heroico es el caviar de esta suerte de títulos nobiliarios que cualquiera de esos vagos, extorsionistas y depredadores quisieran para sí. Pero ya saben, es un privilegio del que solo goza el argentino que fusiló cubanos, a quienes la elite comunista llamó gusanos, para justificar su muerte en el paredón. No merecían vivir en el edén castrista. Después de fracasar como ministro de economía en Cuba, Guevara, también naufragó en el Congo y en Bolivia. En este último país se ubicó en Santa Cruz de la Sierra, una zona fronteriza con su Argentina natal, pero en poco tiempo fue rastreado, apresado y fusilado en La Higuera por las fuerzas armadas bolivianas. En ese momento empezó la construcción del mito. Terreno donde el comunismo ha tenido sus éxitos, gracias al calculado manejo de la propaganda que favorece la rentabilización -económica e ideológica- de su santoral, presidido por el Che.

La izquierda radical -siguiendo el ejemplo castrista- prefiere llegar al poder a sangre y fuego, vencer a la derecha, a reaccionarios y contrarrevolucionarios. Por eso la guerra de guerrillas es siempre su primera opción, porque se sienten héroes por emboscar, asesinar inocentes, hacer explotar bombas en lugares públicos, secuestrar y, claro, enjuiciar sumariamente y fusilar a quienes consideran sus enemigos. Sus mayores éxitos están directamente asociados al número de muertos que hayan sumado en su quehacer revolucionario. Lo cual les granjea y acrecienta los admiradores y seguidores en cualquier lugar del mundo, en especial en estos tiempos dominados por internet y las redes sociales. Viejos y nuevos iconos cuentan con una feligresía incondicional e internacional.

Todos quieren la gloria del pedestal, su acrópolis personal, su plaza roja, su cuartel de la montaña, porque su superioridad en todos los sentidos debe ser reconocida tanto en la vida como en la muerte. Desde su megalomanía buscan erigir su épica como superhombres, para lo cual es menester contar con la lealtad e incondicionalidad de su fanaticada, de su club de fans allí donde se paren,

Ustedes entenderán que aquello es un privilegio para seres únicos e irrepetibles. No es cosa de la chusma ni de las masas. Estas solo sirven para aplaudir, prosternarse y contribuir con su esfuerzo y hasta con su vida a que el perínclito ascienda hasta llegar al empíreo más elevado.
Visto lo visto nada de aquello es gratuito. Bolívar tuvo a Antonio Guzmán Blanco, quien como presidente inició la glorificación del libertador de cinco naciones. Lo demás fue coser y cantar, porque el poder siempre está urgido de un procerato vernáculo, al que elevar a los altares de la patria. El pueblo debe tener sus héroes a los que adorar y seguir ciegamente, tal como lo impone la liturgia oficial.

En las organizaciones estratificadas debe respetarse la jerarquía, incluso en el más allá. Por eso existen próceres inmarcesibles, insuperables, inigualables llamados comandantes eternos, con su cuartel en un sitio alto de la capital y hasta con un calvario, para que el pueblo pueda cumplir con los rituales propios de la adoración perpetua. En los tabernáculos inferiores pueden ubicarse otros aspirantes a héroes con menos charreteras. Allí se agolpan -en permanente cabeceo y dándose codazos- algunos segundones que se hacen llamar “presidente obrero o primera combatiente”. Nadie sabe la razón: el primero nunca ha trabajado y la segunda no ha combatido jamás.

Este socialismo del siglo XXI experimenta con una épica de laboratorio, que se lleva adelante en salas situacionales, que sirven para pergeñar proceratos y divinidades que sustenten un proyecto fracasado, hambreador, represivo, corrupto e inhumano. Veremos si logran su deleznable propósito de convertir en héroes a una banda de depredadores, que en 20 años han destruido a Venezuela.

Agridulces

El régimen no deja tranquilo al diputado Gilbert Caro. Hace poco lo liberaron de un prolongado encarcelamiento y la semana pasada fue secuestrado nuevamente. Hasta hoy sólo sus verdugos saben dónde está. Tampoco le respetaron su inmunidad parlamentaria.